lunes, 22 de febrero de 2010

I am the captain of my soul




El sábado en la noche, me decidí a ver "Invictus" y, ya es una costumbre, disfruté mucho, mucho del cine de Clint (supongo que a él no le importará la confianza). No es su mejor película, para qué nos vamos a engañar, pero está en línea con lo que hablábamos en el post anterior. Qué difícil es construir una vida digna de llamarse tal. No, no es la muerte digna lo que perseguimos, sino la vida que merece nuestro orgullo. La vida sobre la que Dios pueda echar una mirada sonriente. Para que hable bien de nosotros. Esa es la gran vida.
Invictus es un canto a esas vidas en el ejemplo de la de Nelson Mandela. Es cierto que siempre nos queda, cuando estamos frente a este tipo de hagiografías, la sospecha de que no puede haber alguien tan excepcional.
Morgan Freeman, cada vez más inteligente, cada vez más creíble, cada vez más cumbre de ese oficio de hacerse pasar por otros, da el rostro humano al personaje Mandela. Un hombre feliz y triunfal, triste y fracasado, pero al que el castigo de una vida durísima le ha concedido claridad. A veces hace falta poco más. Claridad para entender que el tiempo cambia, que el mundo se mueve, pero que siempre el ser humano merece esperanza y amor. Claridad para tomar un camino en apariencia imposible, el de la reconciliación, el del perdón. ¿Cómo es posible, se pregunta todo el mundo, que este hombre que pasó 27 años en la cárcel, condenado a trabajos forzados, que venía de la violencia armada contra un régimen injusto y anacrónico, cómo es posible que se salga por los márgenes y busque paz, concordia, la amistad del enemigo?
En ese empeño, Mandela apela con convicción insuperable a su condición de líder electo: vosotros me elegisteis para lideraros, dejadme hacerlo. Confiad en mí. En su discurso todo es esperanza.
Pero también olfato. Mandela parece un felino resguardado tras de un maltrecho arbusto que, en un paisaje desolado, espera cualquier oportunidad para hacer su jugada. Nadie hubiera imaginado que el rugby de los "springbrocks" pudiera transformarse en el instrumento de la reconciliación que pretendía. Esta es una hermosa metáfora de una de las realidades más hermosas de la existencia del ser humano, que tantas veces intentan robarnos. Y que se encuentra como transfondo constante de la película, como música de fondo del film. Somos capaces de transformar el mundo entero. Somos capaces de hacer los más hermosos sueños realidad. Somos capaces de hacer el bien. A pesar de que todo, absolutamente todo, se nos oponga.
Este mensaje hermoso y veraz, que vale una pelicula, se resume en el secreto que Mandela comparte con el capitán de la selección de rugby para convencerle de que no existen los imposible. Ese secreto es un poema que, Mandela confiesa, le sostenía en los momentos de oscuridad cuando se le imponía el sentimiento de que todo estaba perdido. Es un poema de William Ernets Henley, autor desconocido para mí, y que os reproduzco a continuación.

Invictus

Out of the night that covers me
Black as the Pit from pole to pole
I thank whatever gods maybe
For my unconquerable soul.
In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody but unbowed.
Beyond this place of wrath and tears
Looms but the horror of the shade
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.
It matters not how strait the gate
How charged with punishment the scroll
I am the Master of my fate
I am the Captain of my soul.


Es hermosa la idea de que podemos forjar nuestro destino, de que late en nuestro rincón más íntimo, un ser irreductible, indoblegable, que se abrirá camino hacia el brillante futuro. No creo que sea incompatible con afirmar, también, que este fortín que atesoramos no lo defendemos solos. Pues mi alma es inconquistable, mi cabeza está erguida y no temo al tiempo porque El triunfó por mí y, pase lo que pase, la victoria ya es nuestra.

3 comentarios:

Michael O'Leary dijo...

Si. Es una idea estupenda. Y complicada de compaginar con la relidad de conducir el autobús. Hay que recuperar la épica de las cosas sencillas, o algo así, ¿no?

La aventura del madrugón, el enemigo del atasco, la medusa del sueño y la ojeras porque el niño come cada dos horas y el dragón del aburrimiento en el trabajo monótono sin la ayuda de Atreyu o Aragorn, sin un estadio abarrotado aplaudiéndonos porque somos altos, rubios y fuertes y sin el romántico encanto de una placa en Isandlwana o una piedra grabada en las termópilas que haga referencia a nosotros.

Ser conscientes de que el mundo se mueve más veces porque autobuseros reales conducen su autobús que porque personajes de leyenda protagonizaran una gran gesta. ¡Aunque tienen tanto encanto las gestas...!

remington steel dijo...

Creo que no sólo no es incompatible, sino que, por el contrario, es consecuencia de que hemos sido rescatados, liberados, que no dependemos de un hado inexorable, y que somos dueños de nuestro destino.

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