jueves, 6 de septiembre de 2007

Ride the high country (Duelo en la alta sierra)

Esta tarde, mientras la familia dormitaba la siesta, he visto este enorme peliculón que tuve el privilegio de visionar en pantalla grande cuando era jovencito. Sam Peckinpah siempre fue un favorito de nuestros años adolescentes. Lo que nos atraía era la violencia de sus imágenes, aquellas impactantes escenas en cámara superlenta en las que todo volaba, incluída la sangre. Bien es cierto que Peckinpah nos pilló demasiado niños, igual que Harry el sucio, pero el mito se comentaba en el patio del colegio y yo me pasaba el recreo contándoles a los demás aquellas fascinantes películas que nunca había visto. Mi primer intento de ver una fue teniendo quizá doce años en los Kostkas de Santander. Ni qué decir tiene que nos largaron pero nos devolvieron el dinero de la entrada. Aquella tarde, aún lo recuerdo, vimos Piratas del Mar de China, con Clark Gable en un cine que estaba más arriba, casi colindando con la cuesta de la Atalaya y que se llama Tívoli o Rialto.
El largo tiempo que transcurrió hasta que un Peckinpah se nos puso a tiro, me había abierto mucho el apetito. No me sentí defraudado cuando ví Grupo Salvaje, pero ya era demasiado mayor para impresionarme por el montaje frenético o los vasos reventando lentamente. Afortundamente, eran historias en las que se conservaba el carácter épico del western, del buen western. Del western que cuenta historias de buenos y malos, en donde se enfrentan el bien y el mal. Curiosamente, y supongo que habría una buena razón para ello, Peckinpah casi siempre situó sus historias en una cierta línea de sombra, en esos momentos de la historia en la que un mundo asentado se desmorona para dar lugar a algo nuevo, con nuevos deseos, nuevas personas. Llaman a estos westerns crepusculares y no parece una mala definición.
Así ocurre en Duelo en la Alta Sierra, en la que dos viejos cowboys muy tristemente venidos a menos, en un mundo que ya no les pertenece, se ven embarcados en una última aventura. Uno ha decidido enderezar su vida en su último capítulo y el otro, arrumbado en una feria ambulante de exhibición de lo que fue el oeste, desea un golpe de suerte que le saque de la pobreza. Los dos grandes amigos, acompañados por un jovenzuelo que tiene todo que aprender, los dos, que han vivido mil aventuras, el honorable y el pillo, deben transportar una gran cantidad de oro por un terreno espinoso.
Joel McCrea está persuadido de que en la vida sólo merece la pena poder echar una mirada limpia sobre el propio pasado. Randolph Scott desea pasar por la inutilidad de la vida lo más cómodamente posible. No tarda mucho éste último en traicionar al primero e intentar robar el oro. McCrea lo impide y Scott le dice: el oro sólo le dolerá a los banqueros, a lo que McCrea repone: pero a mí me duele tu traición, porque tú eres mi amigo. Se que soy un anticuado y un imprudente, porque no sería raro que el futuro me trajera una situación en la que deba elegir por mantener yo también la limpieza de lo que miro en mí, pero se me hace difícil no sentir el dolor de ambos. Porque sin lealtad la amistad no es nada. Pero como gran película que es esta, pronto aparece la ocasión de redimir el pecado y la épica vuelve a la pantalla y nos faltan las palomitas y los amigos con los que comentar cada escena y el pañuelo con el que llorar el último fotograma, cuando los ojos se levantan hacia las montañas y se da por bien pagado el último aliento.
Por mucho crespúsculo, Peckinpah vuelve a lo de siempre, a lo que nunca cambia porque es verdad, porque sin ello la vida no es nada. Hace poco se lo leía al gran Rafael Gambra. La vida debe hacerse con dos verdades: sentido y maduración. Y de eso, nada más ni nada menos, trata esta hermosa película.

jueves, 16 de agosto de 2007

Alec Guiness y el Padre Brown

Mirad lo que hemos encontrado en un interesante blog, que os recomendamos también por muchas otras cosas. Espero que no le moleste que lo hayamos pirateado. GRACIAS, TEODORO.

La conversión de Alec Guiness contada por él mismo


Debido a la considerable insistencia del respetable he decidido sacudir mi pereza y no solamente buscar el libro de Alec Guiness que mencionaba en una entrada anterior (Blessings in Disguise) sino además transcribir y por el mismo precio traducir el pasaje donde el actor narra su particular "caida del caballo" o al menos una de ellas.

Pongo primero la versión inglesa y luego la española. Conste que como siempre me quejo de las malas traducciones de libros, he puesto un muy considerable esfuerzo en hacer una buena traducción. De modo que protestas....... al maestro armero.

En inglés:


My friendship with Cyril Tomkinson had reduced my anti-clericism considerably but not my anti-Romanism. Then carne the film of Father Brown, directed by my very good friend Robert Hamer (who had been responsible for Kind Hearts and Coronets) and on location in Burgundy I had a small experience the memory of which always gives me pleasure.-Even the fact that, having done insufficient work and taken instructions in the script for granted, I was inconrrectly dressed for a Catholic priest didn't seem to matter.

Night shooting had been arranged to take place in a little hill-top village a few miles from Macon. Scaffolding, the rigging of 1ights and the general air of bustle caused some excitement among the villagers and children gathered from all around. A room had been put at my disposal in the little station hotel three kilometres away. By the time dusk fell I was bored and, dressed in my priestly black climbed the gritty winding road to the village. In the square children were squealing, having mock battles with sticks for swords dustbin lids for shields; and in a café Peter Finch, Bernard Lee and Robert Hamer were sampling their first Pernod of the evening. I joined them for a modest Kir, then discovering I wouldn't be needed for at least four hours turned back towards the station. By now it was dark. I hadn't gone far when I heard scampering footsteps and a piping voice calling, 'Mon pere!'. My hand was seized by a boy seven or eight, who clutched it tightly, swung it and kept a non-stop prattle. He was full of excitement, hops, skips and jumps but never 1et go of me. I didn't dare speak in case my excruciating French should scare him. Although I was a total stranger he obviously took me for a priest and so to be trusted. Suddenly with a 'Bonsoir mon pere!' and a hurried sideways sort of bow, he disappeared through a hole in a hedge. He had had a happy, reassuring walk home, and I was left with an odd calm sense of elation. Continuing my walk I reflected that a Church which could inspire such confidence in a child, making its priests, even when unknown, so easily approacheable could not be as scheming and creepy as so often made out. I began to shake off my long-taught, long-absorbed prejudices.


Y ahora en español:

Mi amistad con Cyril Tomkinson había dulcificado mi anti-clericalismo pero no mi anti-Catolicismo. Fue entonces cuando rodamos la película sobre el Padre Brown, dirigida por mi buen amigo Robert Hamer (responsable de la película "Ocho Sentencias de Muerte") y en los exteriores de Borgoña tuve una pequeña experiencia de cuyo recuerdo siempre he disfrutado. Incluido que, habiéndolo trabajado poco y tomando por descontadas las instrucciones del guión, no parecía importar el hecho de estar incorrectamente vestido como para parecer un cura católico.

Habíamos sido citados para una sesión nocturna de grabación en un pueblecito situado encima de un cerro a algunos kilómetros de Macon. Los trabajos de andamiaje e iluminación, y el ambiente de bullicio general causaron bastante alboroto entre los habitantes del pueblo, reuniendose niños de todos los alrededores. Tenía a mi disposición una habitación en un hotelito de paso que se hallaba a tres kilómetros de distancia.

Hacia el anochecer me encontraba aburrido y por tanto, vestido con mi negra sotana, subí por el serpenteante y polvoriento camino hacia el pueblecito. En la plaza los niños chillaban en medio de infantiles batallas con palos por espadas y tapas de cubo de basura por escudos. En un café Peter Finch, Bernard Lee y Robert Hamer disfrutaban del primer Pernod de la velada. Me uní a ellos con un modesto Kir [cocktail a base de cassis y vino blanco]. Entendiendo que no se me necesitaría hasta pasadas por lo menos cuatro horas me volví a mi hotel. Para entonces ya era de noche. No había caminado mucho cuando escuché unos pasos apresurados y una voz aguda que me llamada "Mon pere!" [¡Padre! o ¡Señor cura!]. Un chico de siete u ocho años me tomó de la mano y la apretó fuertemente, balanceándola mientras mantenía un parloteo incesante. Estaba totalmente alborotado, saltando y brincando, pero nunca dejaba de agarrar mi mano. No me atreví a hablar por miedo a que mi horroroso francés le pudiera asustar. Aunque era un absoluto desconocido el chico obviamente me tomó por un cura y consecuentemente por alguien de quien se debía fiar. De repente con un "Bonsoir mon pere!" ["Buenas noches padre" o "Buenas noches señor cura"] y una deslabazada reverencia, despareció por un agujero de un seto. El chico había disfrutado de un alegre y tranquilizador paseo a casa, y a mi me dejó con un extraño y sosegado sentimiento de euforia. Mientras seguía caminando se me antojaba que una Iglesia que podía inspirar tal confianza en un niño, haciendo de sus sacerdotes, incluso cuando eran unos desconocidos, tan sencillamente accesibles no podía ser una institución tan intrigante y aterradora como solía ser descrita. Empecé a sacudirme de encima mi tan largamente aprendidos y absorvidos prejucios.

Por cortesía de http://embajadorenelinfierno.blogspot.com

viernes, 3 de agosto de 2007

LA DAN POR LA TELE.
Pues eso. Y como a Oscar le gusta, pues me he acordao. No estoy inspirado. Esto es sólo para mantener un hálito vital en mitad del estío. (¿o era hastío? ¿o tal vez hestío; astío; su tío?) Esto de la gramática siempre se me dio fatal).

jueves, 19 de julio de 2007

ESTO ESTÁ MUY PARADO




Pues eso. Me apetecía escribir algo sobre la evolución de los contenidos en el cine, a propósito de que acabo de ver El Diablo viste de Prada y rever Una Cara con Ángel. Pero me falta entre medias la película de Robert Altman, que querría revisar. Ya veremos. Entre tanto, ahí os dejo los carteles de las tres. Buen verano.

FELICIDADES


No me resisto a poner una foto relacionada con la efemérides de 1936 y no con la de 2000. Espero que Antonio la vea en su día. Besotes.

miércoles, 27 de junio de 2007

Esos dulces tragos de lejía



Hay películas que abrasan el gaznate cuando se engullen pero que van endulzando el paladar a medida que bajan al estómago. Son devastadores e implacables tragos de lejía, filmados sin ninguna concesión, en la que los actores apenas gesticulan pues son sus acciones las que interpretan la película. En ellas, se confabulan todos los que participan para opacar la luz, intervenir el discurrir del tiempo, anular lo superfluo y sajar el corazón de los espectadores con sinceridad y amor.
No me refiero a las películas que reconstruyen la terrible experiencia vital de un heroinómano, o las muy ridículas que tratan de asesinos que tienen anestesiada su humanidad. No. Se trata más bien de asomarse al pozo oscurísimo que realmente está con nosotros y contra el que, en ocasiones, en tan tantas ocasiones, la lucha por que prevalezca el bien exige la propia destrucción.
Una hermosísima descripción de los abismos del alma está en la mayor, mejor y más maravillosa película de la historia: Centauros del Desierto. Se ve en los rostros desencajados de Ethan, en su inacabable odio que desemboca en el conmovedor abrazo que da a Natalie Wood. También en el inigualable plano final cuando Wayne vuelve la espalda a la cámara y se aleja transfigurado por el amor.


Otro ejemplo es el que me incitó a escribir estas líneas y vino sugerido, cómo no, por nuestro buen Remington: Camino a la Perdición. El desarrollo argumental de esta inmensa película no valdría nada, pero nada, sin el triunfo fatal de Michael Sullivan. Una victoria extraordinaria contra el mal que también sólo el amor puede conseguir. A sueldo y sin remordimientos, Sullivan se desliza suavemente en el mal hasta que éste le alcanza, pues esta es la inercia del mal. Y ante el precipicio de perder no su alma, sino la de su hijo, es el amor quien rescata a Sullivan, quien le arrebata de la misma barba del maligno para siempre cuando las balas de Maguire (Jude Law), le atraviesan.
Historias que se ven entre la melancolía de saber que no se nos ahorrará el sacrificio y la certeza de que la recompensa es desmedida.

martes, 26 de junio de 2007

Sabrina (y sus amores)

Bueno, pues a petición de Oscar os contaré un poco más (no demasiado) de la peli de mi anterior post. Para empezar, contestaré a vuestros irónicos comentarios sobre la sierra californiana de Asaltacunas. Y a esto, precisamente, viene el título del post. Porque debo reconocer que me sorprende que os escandalicéis de la evidente distancia que separa a los protagonistas de mi cartel, a la vista de los parteneires que le endilgaban a la inefable Audrey (1929), en algunas de sus películas más celebradas:

-Rex Harrison, nacido en 1908 (My fair lady). Le llevaba veintiún años.
-Cary Grant, de 1904 (Charada). Veinticinco años, si las cuentas no fallan.
-Humphrey Bogart, 1899 (Sabrina). Y ya son TREINTA.
-Fred Astaire, también de 1899 (Una cara con angel).

Ante esto, ¿quién puede sorprenderse de que la emparejaran con Gary Cooper? Por lo menos él es del siglo pasado, y no del XIX. Está bien, está bien, por poquito, nació en 1901, pero ya es el siglo XX. Y después de todo, él era el galán por antonomasia, aunque estuviera ya en sus años otoñales. Y los que hemos visto al casi anciano Sean Connery (1930) haciendo algo más que amistad con Catherine Zeta-Jones (1969) o a Harrison Ford (1942) con Anne Heche (también 1969), no deberíamos extrañarnos por este tipo de cosas.

En fin, Gregory Peck, de 1916, y el que fue su marido, Mel Ferrer, de 1917, nos parecen ante esto los compañeros adecuados, aunque en realidad le llevaban doce y trece años. Sólo George Peppard era de su edad (bueno, de 1928, pero aceptaremos pulpo como animal de compañía).

Y tras esta impagable labor de archivera, hablemos ya de la peli. No quiero contaros mucho, porque me parece que no la conocéis, y sería una pena destripárosla.

Sólo deciros que se filmó usando velos en las cámaras para disimular las arrugas de Cooper, con poco éxito por cierto, se le ve viejísimo, aunque todavía guapo.

Que es muy Wilderiana por muchas cosas, entre las que yo destacaría sobre todo tres:
-El permanente juego del engaño de la protagonista.
-Ese cuarteto húngaro, que nos hace pensar casi en Lubitsch.
-Y lo divertidas que son algunas escenas, en especial la borrachera de Mr Flanagan.

Que tiene una banda sonora que me encantó, con el vals "Fascinación", que todos reconoceréis si lo oís.

Que acaba en un tren, después de una escena de estación, lo cual, como supondréis, también me gustó. Otra película de Wilder con trenes.

Y que, la verdad, es una peli de chicas, pero con mucho encanto, con todo el saber hacer de ese trío de ensueño que es Wilder-Cooper-Hepburn.