martes, 2 de diciembre de 2008
domingo, 30 de noviembre de 2008
EL HOMBRE PROPONE...
Pensaba que hubiéramos visto otra película (de la que pongo una fotillo de regalo) en especial en homenaje a mi amigo Manolo, que jamás ha leido este blog y que, lamentablemente, nos falló el viernes.
De la peli que íbamos a haber visto recuerdo una anécdota que me pasó precisamente con Manolo. Le contaba un día, hace un número indeterminado de años, cómo una niña que parecía estupenda y a la que veía yo...de vez en cuando había pasado por encima de esta película, que vimos agradable y santamente arrebujados sin inmutarse "ni siquiera" le decía "en el momento en que los pilotos japoneses le saludan después de que él se emocione con el zero". y Manolo, preocupadísimo pensando que semejante pécora insensible pudiera echarme el guante, me dijo muy sentido. "Macho, ¡yo lloré con esa escena!".
Pues eso. Que era nuestra peli del viernes, pero no pudo ser. A cambio vimos la estupenda "Remember" (1945, MGM, de Alfred Hitchckoc, con Gregory Peck e Ingrid Bergman) en la que la muy profesional Constance Peterson se enamora del Doctor Edwardes-Ballantine de una forma teatral, infantil y suicida, pero que a mi me encanta. Los decorados de Dali son un lujo y un aparición estelar del arte español en Hollywood. Podían arpender nuestros "artistas" de ahora.
jueves, 13 de noviembre de 2008
FRANK CAPRA: EL NOMBRE DELANTE DEL TÍTULO.
La vida de Capra es la historia del cine americano, habida cuenta que llegó a Los Ángeles con seis años, en 1903, que su primera película fue un film mudo de diez minutos rodado en un solo rollo, Fultah Fisher’s Boarding House, de 1922, y que a lo largo de los siguientes cincuenta años vio elevarse, hundirse y renacer de sus cenizas a estrellas, directores y productores.
Pero no es sólo eso. Es también la constatación de que el sueño americano es posible. Capra llegó a Los Ángeles con sus padres y otros cinco hermanos siguiendo la estela de su hermano mayor. Todos ellos eran analfabetos, y, desde luego, pobres como las ratas. Sin embargo la familia se esforzó por darle estudios a Frank, el pequeño (aparte de una hermana, pero ¿a quién se le iba a ocurrir que estudiara la niña?) y, probablemente, el más listo de todos. Con la ayuda de sus padres, de sus hermanos mayores (a regañadientes, eso sí), vendiendo periódicos por las calles, consiguiendo becas de estudios por sus brillantes calificaciones, el pequeño macarroni analfabeto llegó a ser ingeniero químico por CalTech. Pero no parecía que la suerte le acompañara. Por el camino su padre había muerto en un accidente con una cosechadora, en la huerta de su casa que era su orgullo y su ilusión. Y su graduación en CalTech coincidió con el final de la Primera Guerra Mundial. El título que pocos años antes significaba trabajo asegurado, y un buen trabajo además, no valía nada en tiempos en que las empresas limitaban gastos y reducían plantilla. Frank Capra comenzó a buscarse la vida con gran dificultad, y, un poco por casualidad, un poco por astucia, se encontró dirigiendo aquel primer film. Lo que vino después es una historia de amor correspondido que duró cuarenta años.
Y es todavía algo más: es la visión del mundo que nos ofrece un hombre que dispuso de un observatorio privilegiado. A lo largo de su vida tuvo ocasión de tratar no sólo con los más grandes directores, actores y productores de Hollywood. También con gente como Franklin Delano Roosvelt y Harry Truman, Winston Churchil, Sergei Eisenstein, el general Marshall,… En tiempos de la Guerra Fría, tras ser puesto en entredicho e inmediatamente exonerado por la “Caza de Brujas” fue como representante de los Estados Unidos de América a una convención sobre cine a la India, donde tuvo ocasión de conocer la industria cinematográfica de aquel país, ya entonces floreciente, pero también a su clase dirigente. Antes había visitado la Unión Soviética, invitado por los cineastas rusos. Volvió horrorizado. Decía que su compañero de viaje, que esperaba mucho de la Revolución comunista, sufrió una gran decepción ante las tuberías oxidadas, las colas ante las panaderías, las cartillas de racionamiento,… Él, que en cambio no esperaba nada, volvió con el corazón encogido ante las burlas públicas y permanentes a la religión, a Dios y a su Madre. Porque, no hay que olvidarlo, Capra fue católico toda su vida. Con altibajos, con despistes, con dudas,… Pero católico. Y no deja de ser significativo que Annie de las Manzanas, la protagonista de su último film, del que puede ser considerado su testamento cinematográfico, aparezca en una escena de la película comulgando en una iglesia católica de Nueva York.
Capra estaba orgulloso de sí mismo, de su trayectoria y de sus logros, estaba encantado de haberse conocido, y eso se trasluce en cada página de su libro. Pero le perdonamos, porque ¿cómo no estarlo con esa trayectoria? También nosotros habríamos estado encantados de conocerlo.
Sobre la visión que nos ofrece del mundo, dejemos que sean sus propias palabras las que nos lo muestren.
Al cumplir cuarenta años: “No tenía ni idea de lo que los siguientes 40 años iban a reportarme. Pero sabía lo que intentaría llevar a ellos: filmes sobre Norteamérica y su gente; filmes que fueran mi forma de decir Gracias, América”.
Sobre algunos de los personajes de Hollywood: “John Ford es el Director Completo, el decano de los directores, indudablemente el más grande y el más versátil en sus películas. Un megáfono ha sido para John Ford lo que un cincel para Miguel Ángel: su vida, su pasión, su cruz”. Y esto, sobre su encuentro con la rubia más explosiva del cine: “Un masajista, Claes Adler, insistió en que yo conociera a una de sus clientes, una actriz desconocida de la que decía que tenía grandes posibilidades (…) La conocí. Era absolutamente curvilínea. Pero (…) le presté poca atención. (…) Adler me había pedido que prestara especial atención a sus pechos. Tenía realmente pechos. Y una ondulante figura. Pero para mí el sexo es clase, algo más que un trasero que sabe moverse. (…) Pero ¿cómo pude pasar por alto a Marilyn Monroe? He estado preocupado por ello desde entonces”.
Sobre su vuelta al trabajo tras la Segunda Guerra Mundial (había estado dirigiendo películas de propaganda para las tropas norteamericanas, y acabó la guerra como Coronel): “¿De qué va tratar tu primer film? Una cosa sí sabía seguro: No iba a ser sobre la guerra. (…) “Porque – estaban empezando a decir los secuaces del Gran Hermano en filmes y libros- hombrecito, tú solo no puedes hacer nada para protegerte de los gordos explotadores. Piensa. Te tienen cogido. No hay Dios, ni libertad, ni democracia. Al infierno con Dios y madre y tus semejantes. Ven al Gran Hermano. Él te alimentará y te protegerá y te dará la paz.” No. Mis filmes explorarán el corazón no con la lógica, sino con la compasión. (…)Me ocuparé de las dudas del hombre insignificante (…) Y mostraré la superación de las dudas, la valerosa renovación de la fe, y la convicción final de que puede y debe sobrevivir por sí mismo y seguir siendo libre”. El resultado de estas cavilaciones fue Qué bello es vivir.
Sobre su fe: “Y no sólo un buen católico(…) soy uno que cree firmemente que los antimorales, los fanáticos intelectuales y las mafias del Mal pueden destruir religiones, pero nunca conquistarán la Cruz” .
Sobre la propaganda en el cine: “La Unión Soviética y sus países satélites tienen una finalidad muy importante en los festivales de cine: hacer propaganda ante los artistas mundiales (y la prensa mundial) a fin de cambiar el significado y la importancia del arte, de una excelencia estética a una utilidad social. Esto conduce directamente a la evaluación del arte en términos de ideología: el buen arte es el que promociona la causa comunista; el mal arte es el que se opone a ella”.
Sobre el verdadero valor de la comedia: “La comedia es buenas noticias: Qué hermosos son los pies de quien trae buenas noticias. Los Evangelios son comedias. La Resurrección es el más feliz de todos los finales: el triunfo del hombre sobre la muerte. La Misa es una celebración de este acontecimiento. Sacerdotes y fieles “celebran” la Misa. Es una Divina Comedia”.
Sobre la pérdida de los valores en el cine, que él comenzó a vislumbrar, con extraordinaria lucidez, desde el mismo final de la Segunda Guerra Mundial: “Sexo, asesinato, violencia, violación y robo no eran en realidad inmorales. Los pobres delincuentes eran simplemente enfermos. Y las pantallas empezaron a florecer con este nuevo “arte”. En Italia, las chillonas mujeres de cuello sucio y pechera demasiado abundante hicieron furor. En realidad no deseaban ser prostitutas. Pero simplemente tenían que conseguir ese precioso chicle de los norteamericanos a causa de sus diez hermanos pequeños y su gordo tío enfermo.
Los franceses, con su lógica gala, se aferraron al buen sexo. No podían fabricar la bomba A, así que inventaron la B y la llamaron Bardot.
En Japón, los jóvenes pendencieros mataban y violaban y culpaban de todo ello a la “fiebre atómica”.
En Inglaterra, los homosexuales cruzaban afectadamente la pantalla y agitaban sus pañuelos al público. Había tan pocos auténticos actores que Peter Sellers tenía que interpretar todos los papeles.
En la India copiaban a Hollywood, pero añadían diez canciones y danzas.
En Rusia demasiado poco fertilizante y demasiado Stalin causaban todos los sufrimientos.
Los suecos, siendo neutrales, no podían culpar a nadie. Así que simplemente echaban a un lado la trama y se atrevían a dejar que cada cual entendiera sus filmes. Los críticos no podían entenderlos tampoco, así que los llamaban “arte”.”
Tras esta irónica visión de la situación, divertida pero llena en el fondo de tristeza, vuelve una vez más a mostrarnos su planteamiento: “Los hedonistas, los homosexuales, los sangrantes corazones hemofílicos, los que odian a Dios, los artistas del dinero fácil que sustituían el talento por el shock, todos exclamaban: ¡Sacudidles! ¡Golpeadles! Dios ha muerto. ¡Larga vida al placer! ¿Desnudos? ¡Ajá! ¿Intercambio de esposas? ¡Ajá! Liberad al mundo de la gazmoñería. Emancipad nuestros filmes de la moralidad.
A lo que filmes como Un Gangster para un Milagro respondían ¡No! Nunca deberemos emancipar nuestros filmes de la moralidad. La moralidad nos hizo ganar nuestras libertades. ¡Abandonad la moral, y echaremos atrás el reloj!”.
Este es Frank Capra. Su última película fue un fracaso de taquilla, y él, que era orgulloso, no supo reponerse. Lo interpretó como la ruptura del romance que había mantenido con el público americano a lo largo de cuarenta años. Consideró que ya no había sitio para él en el nuevo Hollywood del sexo y la violencia. Y se retiró. No podemos dejar de lamentarlo.
jueves, 2 de octubre de 2008
Y AHORA, TAMBIÉN NOS DEJA PAUL
Últimamente sólo escribo obituarios, lo cual no es muy alentador. Pero se ha ido Paul Newman, y es obvio que merece un homenaje. Llevábamos esperando la noticia desde que, en agosto, hizo público que quería dejar el hospital y morirse en su casa. Y sin embargo nos pilló por sorpresa, como siempre pasa con la muerte. Paul Newman era uno de los grandes, y su marcha nos recuerda el hecho de que ya no nos quedan grandes como él. Alguna vez he manifestado mi opinión al respecto, no creo que sea sólo cuestión de tiempo, ni sólo cuestión de glamour, y esto tiene un poco que ver con el último post de Oscar: cuando los actores habían encarnado en mil historias la honestidad, el valor, la lealtad, cuando los habíamos visto cien veces ser héroes, cuando queríamos ser como ellos, adquirían a nuestros ojos un halo que los convertía de verdad en estrellas, y eso se ha perdido en gran medida en el cine contemporáneo.
Paul Newman es un poco un actor de transición en ese sentido, es de esa generación ¿maldita? de Marlon Brando, Montgomery Clift y James Dean, un “actor del Método”, y nos ha dejado un sinfín de personajes algo ambiguos, decentes pero canallas, canallas pero decentes. Aunque nunca fui una fan acérrima del actor, no hay que haberlo sido para tener en mente una buena colección de películas inolvidables, o de escenas inolvidables. Empezando con Y, por supuesto, las dos películas que rodó con Robert Redford y que les consagraron como una de las parejas míticas de la historia del cine: Dos Hombres y un Destino y El Golpe: qué peliculones. Hasta la música se nos ha quedado en la memoria para siempre.
Paul Newman se fue haciendo mayor ante nuestros ojos, y parecía hacerlo como el buen vino, su físico de estatua griega soportó bien el paso del tiempo, envejecía, sí, y no lo ocultaba, no trataba de disimularlo, pero la naturaleza se mostraba extraordinariamente generosa con él, y aún rozando la setentena se mantenía en las listas de los hombres más atractivos que esas publicaciones americanas son tan dadas a elaborar. El hombre que nunca quiso ser un galán, que ya en su segunda película se dejaba partir la nariz como alter ego de Rocky Graziano, que encontraba humillante que alabaran más sus ojos que su trabajo, no pudo evitar sin embargo que la mayoría de los titulares del pasado 27 de septiembre se lamentaran de que se hubiera apagado para siempre la mirada de Paul Newman. A los cincuenta, año más, año menos, lo vimos en El Coloso en Llamas y en La Última Locura de Mel Brooks, y aunque por esos años debió hacer muchos trabajos menores en películas que no recordamos, volvió a brillar en Veredicto Final, de Lumet (por cierto, guión de David Mamet), y, cuatro años después, en 1986, se puso a las órdenes de Scorsese para comerse con patatas a Tom Cruise en la ya mencionada El Color del Dinero.
Mientras tanto también se colocó detrás de la cámara, para realizar seis largometrajes entre 1968 y 1987, cinco de los cuales protagonizó la que fue su segunda mujer y el amor de su vida, Joanne Woodward, con la que ha compartido sus últimos cincuenta años, uno de esos casos tan raros en el Hollywood de los amores fáciles y los divorcios rápidos, y que nos recuerda a los dos últimos actores de los que he hablado en este blog, Jimmy Stewart y Chuck Heston, aunque a Newman le costó un primer intento fallido (y no baladí, estuvo ocho años legalmente casado con Jackie Newman y tuvo tres hijos con ella).
Un año antes del ya mencionado oscar, que recibió en el 87, había sido galardonado con uno honorífico por toda su carrera, y en 1994 le concedieron su tercera estatuilla, el Jean Hersholt Humanitarian Award. Su labor en este campo fue muy extensa, y la fundación que creó y dirigía, Hole in the Wall, que organiza campamentos para niños con enfermedades terminales, ha acogido ya a miles de niños. A las arcas de Hole in the Wall van a parar los beneficios de su famosa salsa cesar para ensaladas Newman’s Own, de la que él afirmaba que le había proporcionado más beneficios que su carrera cinematográfica.
Dirigido por Robert Benton trabajó en Al Caer el Sol y Ni un Pelo de Tonto, en papeles ya claramente crepusculares, pero sobre todo recordaremos sus últimos años por su magnífica interpretación de John Rooney, el magnate del crimen de Camino a Perdición que, anteponiendo los lazos de la sangre a los del afecto, encarga a Jude Law el asesinato de Tom Hanks. Pero su último trabajo para el celuloide fue prestarle la voz a un personaje que reunía con su amor al cine su pasión por los coches de carreras: fue el carismático Doc Hudson, el ganador de tres copas Pistón que daba lecciones de conducción y de hombría a Rayo McQueen en Cars. Sus lecciones han quedado ya para siempre en nuestra retina, en nuestra memoria, y en ese firmamento iluminado por las estrellas de la gran pantalla. Quiera Dios que habite también el otro Cielo, ese lugar en el que el Bien y la Belleza triunfan eternamente.
viernes, 26 de septiembre de 2008
Simpatía por el diablo
Debe ser que tengo la tarde escritora o que no me apetece atender a mi obligación, que es escribir unas lecciones sobre la caridad y la justicia. Haré como que no he dicho esto último. Hace algún tiempo que quería escribir algo sobre el mal en el cine, algo sesudo y profundo, algo definitivo, vamos como una tesis doctoral. Pero no hay tiempo y no he leído esas dos o tres cosas que creía imprescindibles para, literalmente, “salirme”. Pero el comentario que he hecho antes sobre Redbelt ha dejado fuera algunas reflexiones que están en relación con esto del mal. Además, para colmo de males, la otra tarde un vecino apreciado me preguntó por mi opinión acerca de No Country for Old Men, lo cual ya era como una indicación providencial que me decía: ¡Eh, Oscar, hay que escribir alguna vez sobre eso del mal!
Bueno, pues héteme aquí escribiendo.
Los tiempos han cambiado. Y han cambiado hace mucho, mucho, mucho. Ya no estamos en un mundo de honor y gloria, aunque tampoco debemos mitificar, también era un mundo de miseria y traición. Pero había honor y gloria. Tal vez pequeñitas y escondiditas, allí donde sólo Dios pudiera verlas. Pero las había y sobre todo, se ansiaban. Ahora que los tiempos han cambiado, no es que no haya honor y gloria, que los hay, porque yo los he visto, sino que hay una conjura para invitarnos a no desear el honor y la gloria. A repudiarlos, a rechazarlos, a negarlos, a reírnos de ellos, a defenestrar a quienes los persiguen, a desear la miseria y la traición. Sorprendentemente, puesto que no deja de ser una estrategia suicida, crece la propaganda de todo aquello que aleja a las personas del amor y se invita a paladear la mentira, la codicia, la traición, la vulgaridad, la holganza, la debilidad…
El cine es utilizado como una herramienta que agita esta marea de tinieblas y vacuidad. Pero, analicemos la frase, digooooo, alguna película, por ejemplo, No Country… Esta película, magnífica en muchos de sus conceptos, por ejemplo de esos que se llaman narrativos, es muestra de cómo el mal se ha convertido en el “concepto”, la divisa y la proclama. Esta película encierra una historia magnífica del oeste, en la que un hombre fracasado ve la oportunidad de resarcirse de su vida luchando por un dinero que no es suyo, bien es cierto, pero que, por su suciedad, tampoco pertenece a sus propietarios. Para recuperarlo, se envía tras de él a una imparable fuerza de la naturaleza que interpreta Bardem. Esa fuerza es, directamente, el mal. Un mal supremo, inteligente, habilidoso, implacable e impersonal. Y, lo malo de esta película, es que el magnífico western que los hermanos Coen estaban realizando, se deshace y desaparece ante la necesidad de imponer la tesis de que el mal es lo definitivo en este mundo. Así les salió la película: una nadería, poco más que una frase que les debió parecer ingeniosa.
Tan terrible como presentar el mal como el destino inevitable de la vida, es el producir películas que hacen de los malos verdaderos héroes. Un caso paradigmático es, por supuesto, el de Hannibal Lecter. Aunque el cine reciente de asesinos en serie nos ha regalado muchos de estos protagonistas. Se nos presentan de tal manera que el espectador no sólo desea que la policía no los encuentre, sino que prosigan su notable carrera asesina con mayor éxito. Sin embargo, creo que ningún personaje de ficción podrá superar a Hannibal. Pues este posee una afinidad con la cultura moderna que le hace ser más bien la cumbre, el epítome, el paradigma del relativista que casi todos nuestros contemporáneos llevan dentro. Esta tesis la he defendido en alguna ocasión en público, para horror de quienes me escuchaban, pero la creo cierta. Lecter desprecia la moral, la verdad, por supuesto a Dios, pero sabe que es el producto más refinado y valioso de la cultura occidental. Es el producto destilado de la amoralidad moderna, un reverso tenebroso de C. S. Lewis, el resucitado espíritu del grupo de Bloomsbury. Pero con una conciencia tan intensa de la futilidad de la vida y de la inhumanidad de sus congéneres que le hace juzgarles como culpables de pecados que sólo él mismo puede juzgar. Desde esta posición casi divina, Lecter los devora e incorpora a sí mismo, ascendiéndoles de categoría, dándoles una entidad que por sí solos jamás alcanzarían. Como metáfora del mundo moderno no está nada mal, la verdad.
Afortunadamente, tenemos aún con nosotros autores que están empecinados en darnos justo lo contrario, soplos de vida con sus obras. Que nos ofrecen protagonistas incorruptibles en medio de un mundo el que el mal se ha acomodado y es presentado como la única alternativa de vida. En pocos días espero poder ver la película Bella, de la que se hablan maravillas. Ya os contaré.
Cuando el cine no son imágenes, sino letras.
Acabo de ver la pequeña, extraordinaria y última joya cinematográfica de David Mamet: Redbelt. Sin duda hay estilos a los que te acostumbras o, sencillamente, en los que te encuentras como en casa. Aun con el regusto sabroso de haber visto una buena película, me he puesto a pensar sobre el talento de Mamet. Yo, como tantos, creo que él incluido, pienso que el talento es un producto del trabajo y del esfuerzo. Es más un descubrimiento arduo que un recoger indoloro. Las películas de Mamet están llenas de estos descubrimientos ganados en la batalla de la mesa de despacho, cuando el autor a solas piensa y recrea mundos que no eran suyos hasta ese momento. Porque las películas de este autor, sin duda, nacen todas en una mesa de algún despacho, del que Mamet tenga en su casa o en un estudio, o donde sea, en donde le imagino pasando las horas haciendo lo que mejor sabe hacer : escribir. No le discuto ya el dominio de la narración visual. Sus películas tienen también mucho de esto. Hay una escena en Redbelt que es puro arte cinematográfico sin palabras. Quién la vea o la haya visto sabe a cuál me refiero. Esa bofetada es el gran momento de la película. Pero lo que Mamet hace mejor que muchos, quizá que todos, es darle vértebras a las películas construidas de letras y más letras. Y así proyecta el ritmo de cada frase y cada palabra, y el ritmo de cada escena, y la cadencia en la dicción (razón por la que es imprescindible ver sus películas en versión original), y el ritmo de toda la peripecia dramática, de toda la película. He leído que incluso obliga a sus actores a ensayar con un metrónomo. No me extraña. Así crea el tejido preciso y exacto de sus narraciones y nos envuelve en cine grande, hecho con cuatro cuartos y dos duros.
Me han entrado unas ganas enormes de regresar a su filmografía y revisar maravillas como la cruel pieza de relojería que es House of Games, la delicia de comedia que es Things Change, con un maravilloso Don Ameche (sí, aquel entrañable actor de El Diablo dijo No de Lubitsch), la inteligente State and Main, la entrañable The Winslow Boy…O las que directamente escribió pero no dirigió: The Untouchables, Glengarry Glen Ross, Vanya on 42nd Street (por supuesto olvidaremos que escribió Hannibal…).
Me parece a mí que el cine contemporáneo se ha distraído en los excesos de la fanfarria y nos ha hurtado esto. Hay quien se queja de que exista demasiado efecto especial en el cine y olvida que el verdadero drama de gran parte de lo que filma es que carece de escritura. Por la pantalla vagan personajes mil veces explicados por el director, el guionista y el actor, pero que no acaban de ser nadie ni pesar nada en la narración. Cuando basta un solo plano, una sola acción para definir totalmente un carácter, para decirnos qué clase de individuo se nos quiere presentar. Las historias se enorgullecen de poseer una minúscula pirueta sorprendente que, una vez apartada, hace que el armazón completo de la película se derrumbe. O dejan continuamente retazos y cabos sueltos que rara vez se resuelven inteligentemente.
Pues bien, contra estas patologías, lo afirmo con vehemencia, aún nos quedan extraños orfebres como David Mamet.
miércoles, 9 de julio de 2008
QUÉ ME PASA, DOCTOR (What´s up, doc? 1972)
Ficha técnica y artística:
Director:
Guión
PeterBogdanovich(story)
Buck Henry (screenplay)
RobertBenton
Fecha de estreno:
10 Marzo 1972 (USA)
Género:Comedia romántica
Reparto:
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| | ... | Mr. Smith | |
| | ... | Mr. Jones (as Phil Roth) | |
| | ... | Harry | |
| | ... | Fritz | |
| | ... | Mrs. Van Hoskins | |
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| | ... | Rudy, the Headwaiter | |
| | ... | Bailiff | |
| | ... | Professor Hosquith |
La película:
Ésta es una película tan conocida que no sé muy bien qué comentar sobre ella. Como todo el mundo sabe, se trata de una revisión de
La película es un exponente claro de comedia screwball, con todos los ingredientes del género: personajes de clase alta, locura contagiosa, protagonismo de las mujeres, ritmo trepidante, diálogos absurdos e ingeniosos,… Y el director no renuncia a ciertos toques slapstick, como la escena de la habitación del hotel incendiada o la persecución por las calles de San Francisco, ciudad que, una vez más, se nos muestra muy cinematográfica. El final de la persecución en los juzgados de la ciudad, con el juez Maxwell al borde de la histeria, es una de las mejores escenas de la película.
El director:
Qué vamos a decir de Peter Bogdanovich. No cabe duda de que ama el cine. Cuando hizo esta película era un escritor y crítico cinematográfico, recientemente reconvertido en prometedor cineasta (el año anterior había sido nominado al Oscar con su opera prima, La Última Película), pero lo cierto es que su carrera como director no ha dado muchas obras dignas de mención: Máscara, Todos rieron, Esa cosa llamada amor,… Sin embargo sus libros sobre cine me han hecho pasar tan buenos ratos que me hacía ilusión rendirle un pequeño homenaje.
Los actores:
La pareja protagonista, Barbra Streisand y Ryan O’Neal, no tiene el talento ni la química de Cary Grant y Katharine Hepburn, pero es que no se pueden pedir imposibles. Sin embargo lo hacen lo suficientemente bien para que nos interesemos por su historia, suframos con sus desventuras, y deseemos el inevitable final feliz. Barbra Streisand sólo canta lo indispensable, y además aprovecha para hacer otro homenaje al cine clásico, esta vez a Casablanca, lo cual siempre es de agradecer. Yo tengo que decir que le tengo un cariño especial a la Streisand, y que he disfrutado mucho algunas de sus películas, como Yentl, Tal como éramos (qué guapo salía Robert Redford), Funny Girl, y, por encima de todas las demás, El Príncipe de las Mareas, una película de la que estoy por completo enamorada, pese a quien pese. Ryan O'Neal se me escapa un poco, nunca me entusiasmó Love Story, y él era demasiado guapo para mi gusto, un tanto blandito,... El resto de personajes es totalmente caricaturesco, pero muy muy gracioso, destacando Madeline Kahn, que fue nominada al Globo de Oro a actriz revelación por su papel de Eunice (ha sido nominada a estos premios en tres ocasiones más, aunque nunca lo ha ganado, una de ellas por “El Jovencito Frankenstein”, otra de las películas que me planteé para esta noche y que, antes o después, caerá).
