

Sociedad Gastronómico-Cinéfila
Se ha ido Charlton Heston, y la verdad es que estoy conmovida. Ver en el telediario las imágenes de sus últimos años, rifle en mano, repitiendo lo de From my dead cold hands, ahora que ya es un hecho, tiene algo de patético. Lo recuerdo también en la película de Michael Moore, menudo canalla, se mete en su casa con engaños, le graba sin decírselo, y aún finge sorprenderse cuando él se enfada. En un blog llamado Mareparvum he encontrado transcrito el discurso íntegro de Heston para
Pero hablemos ya de Charlton Heston y olvidemos a este personajillo que no merecería ni que lo hubiéramos mencionado aquí. Realmente era la encarnación del héroe. Él mismo diría en una ocasión: "He interpretado a tres presidentes, tres santos y dos genios. Eso debería satisfacer a cualquiera." Algunos de sus papeles fueron Moisés, Ben Hur, el Cid, Juan el Bautista, el cardenal Richelieu, Miguel Angel, Jefferson, Marco Antonio (en al menos dos ocasiones en el cine, y muchas otras en el teatro),…Era un enamorado de su profesión, y mientras la salud se lo permitió se dedicó con gran interés a la conservación de películas en el American Film Institute, aunque siempre fue modesto a la hora de valorar su propio trabajo, y afirmaba que "Dudo de que haya siquiera un actor importante por cada generación que pasa a la historia. Por eso hay que ver a la actuación como lo que es: una cosa efímera, un conjunto de errores".
Su carrera despegó definitivamente con la oscarizada “El mayor espectáculo del mundo”, de Cecil B. DeMille, esa que le robó el premio de Mejor Película a Solo ante el peligro y a El hombre tranquilo, en la que interpretaba a un director de circo cuya personalidad anunciaba ya lo que íbamos a ver de ahí en adelante. Pero él siempre había sentido fascinación por el oficio de actor, y había hecho papeles en montajes teatrales desde adolescente, había acudido a clases de interpretación (a una academia donde conoció a Lydia Clarke, la que sería su mujer durante sesenta y cuatro años, se dice pronto), y había rodado tres películas y algunos trabajos para televisión antes de encarnar a Brad Braden. Lo que vino después es ya parte de la historia del cine, y ocupa algunas de sus mejores páginas. Ahora que ha muerto es fácil encontrar alabanzas a su trabajo en las páginas de los periódicos, pero es importante señalar el respeto que le tuvieron siempre sus compañeros de profesión, y la admiración indisimulada que por él sentían monstruos sagrados como Lawrence Olivier u Orson Welles. Precisamente a las órdenes de Welles rodó una de sus más aclamadas películas, el thriller de 1958 “Sed de mal” (Touch of evil) en el que interpretaba a un policía mexicano, honesto e incorruptible. Ese mismo año trabajó en “Los bucaneros” y en “Horizontes de grandeza”, esa película inolvidable en la que posiblemente los dos hombres más guapos del mundo se peleaban con auténtico odio por un quítame allá esas pajas, mientras amanecía en el gran país al que alude el título. Entre tanto, le había dado tiempo a hacer otras “cositas”, como el Moisés de Los Diez Mandamientos, también de DeMille, en 1956, que lo situó definitivamente en el Olimpo hollywoodiense. La guerra privada del mayor Benson, de 1955, aunque es una obra menor, me parece significativa porque es una de las pocas incursiones de Heston en la comedia pura, y porque, aunque su carrera no había hecho más que empezar, se atrevió a reirse abiertamente de sí mismo, en un papel caricaturesco en el que tenía que lidiar con una especie de academia militar para niños, un papel que podríamos comparar con el que muchos años después, y en clave nada cómica, interpretó John Wayne en “Los cowboys” y, salvando las distancias, con el de Schwarzenegger en “Poli de guardería”.
En 1959 rodó Ben Hur a las órdenes del polifacético y genial William Wyler, y su interpretación del orgulloso Judá le valió el Oscar. No fue el único de su carrera. En 1978 recibió otra estatuilla dorada, el premio Humanitario Jean Hersholt de
Su impresionante presencia física, y sin duda también los principios de los que hizo gala toda su vida, lo llevaron a interpretar sobre todo papeles de héroe, con toda la nobleza de Gary Cooper y toda la energía de Burt Lancaster, pero mucho más guapo que los dos juntos. Y aunque en la memoria colectiva permanecerá siempre como la gran estrella de las películas históricas, tocó todos los palos del cine épico, del western a la ciencia ficción, de las cintas bíblicas al cine catastrófico, sin olvidar tampoco el género bélico (del que sabía por experiencia propia, pues, como muchos de sus contemporáneos, fue combatiente, al menos en
En casa he visto El Sueño de Casandra y, un poco antes, En busca de la felicidad. Y, en el cine, Promesas del Este y Expiación. ¿Cuáles me encantaron? En busca de la felicidad y Promesas del Este. La primera (The pursuit of Happynes, 2006) es una historia sorprendente, porque siendo totalmente inverosímil resulta que pasó de verdad, y, sin duda, es un canto a los Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, tanto como al poder de superación del espíritu humano, capaz de lo mejor cuando tiene un motivo. Chris Gardner lo tenía: conservar a su lado a su hijo Christopher y darle una vida mejor. Will Smith borda un papel asfixiante y angustioso, y nos demuestra que se ha hecho, definitivamente, mayor. Durante casi los 117 minutos que dura la película sufrimos con él, qué tensión, caray, y eso hace que, sin concesiones, nos alegremos finalmente con él, como si, cuando él gana, ganáramos todos. Si la hubiera visto a tiempo, la habría incluido entre mis “Niños de película”, aunque es verdad que el pequeño Jaden queda totalmente eclipsado por su padre, que, por cierto, lo es tanto en la realidad como en la ficción. Una estupenda película del italiano Gabriele Muccino, un canto al valor del esfuerzo y al amor paterno.
Ahora viene la segunda, Promesas del Este (Eastern Promises, 2007). Lo mismito, vamos. Qué historia tan violenta, tan brutal, tan sórdida. Y, sin embargo, dentro del horror de la realidad que te presenta, la trata de blancas, la esclavitud del S.XXI en plena capital de Europa, ofrece un asidero de esperanza. Y de hecho, un asidero doble. Por una parte, la cinta muestra que la justicia no es indiferente a este horror, que la policía se ocupa del asunto, que, al final, los malos pagan. (Y que los infiltrados no están dispuestos a cualquier cosa, cómo sufrimos por la suerte del pobre tío Stepan). Y por otra, yo creo que más importante, también nos presenta a gente que se preocupa gratis de los demás, y aún a costa de su propia vida y de la seguridad de su familia, porque su sentido de la justicia le impide permanecer en silencio, y porque hay una niña concreta de la que ocuparse, una niña a la que salvar. Tal vez no está en la mano de Anna acabar con el poder de la mafia rusa, pero, si puede mejorar la vida de ese bebé, va a hacer todo lo posible por mejorarla. Los actores están todos convincentes en su trabajo, Naomi Watts, a la que ya nos encontramos en El Velo Pintado, y que realiza una caracterización seria aunque poco espectacular, Armin Mueller-Stahl, al que ya no vamos a poder creer si hace de bueno, qué requetemalo es, y Vincent Cassel como su hijo, y sobre todo Viggo Mortensen, con ese papel tan complejo y lleno de matices, y que, por lo que parece, se está convirtiendo en el actor favorito de David Cronenberg.
¿Y las que me gustaron menos? Pues, por orden cronológico de visionado, Expiación y El Sueño de Cassandra.
Expiación (Atonement, 2007) es la segunda incursión en el largometraje de su director, Joe Wright, después de Orgullo y Prejuicio, que también he comentado aquí con entusiasmo, y ha repetido con Keira Knightley como protagonista. La película está muy bien, mantiene un ritmo que te atrapa desde el primer fotograma, tiene una fotografía evocadora y una banda sonora que acompaña admirablemente a la historia, y Keira Knightley está todo lo guapa que se puede estar. ¿Cuál es, entonces, la pega? La historia, una historia llena de desesperanza, y a la que no le podría ir peor el título. Porque ¿qué es expiar? Según el DRAE, borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio. Sin embargo, en esta historia llena de amargura, no hay expiación por ningún lado. A diferencia de “El Velo Pintado” donde la redención es posible y se alcanza, aunque sea a través del sacrificio y del dolor, el mensaje que recibimos aquí es que el mal que haces, y el sufrimiento que causas, son inexorables, y que sólo en tu imaginación puedes poner remedio al dolor que has producido, que sólo los cuentos tienen final feliz. No hay salvación para los amantes, no hay salvación para las hermanas, no hay lugar para el perdón, y el amor es inútil. Como veis, puro optimismo católico.
Y, por último, El Sueño de Casandra (Cassandra’s Dream, 2007), la penúltima de Woody Allen. Dejando aparte que a mí me gusta mucho más Woody Allen cuando hace comedia, la película tampoco está mal. Uno tiene la sensación de que le están volviendo a contar la misma historia que ya vio en Match Point, aunque ahora el punto de vista es el opuesto. A nadie le gusta que el malo gane, y menos aún cuando el director no se ha esforzado en absoluto en hacer que el malo te caiga ni medio simpático, y en Match Point el malo ganaba. Ahora parece que Allen ha cambiado de opinión, porque lo que nos cuenta es que no puedes escapar de tus propios actos, y los malos no ganan, lo cual es mejor. Aunque tampoco hay redención, y en el fondo sí que hay un malo que gana, y le sale gratis, y… No. Definitivamente, tampoco es una historia que te llene de alegría. A ver si la próxima le sale más luminosa.





