viernes, 14 de diciembre de 2007
lunes, 3 de diciembre de 2007
Del amor a la lectura y la pasión por vivir o viceversa

Hoy no me apetece escribir sobre cine, sino sobre libros. Tengo aquí al lado, mientras escribo, mi ejemplar de Dioses, Tumas y Sabios, de Ceram. Un abigarrado ejemplar encuadernado en tela negra que tiene en la solapa un grabado dorado de un guerrero asirio matando un león. Mientras acaricio el libro con una mano pienso tanto en su contenido como en el objeto que es. Un libro es un objeto hermoso, acogedor, portátil. Por dentro se nos abren misterios, se nos descubren mundos, se nos desevela nuestra propia persona. Este libro en concreto, narra acontecimientos extraordinarios bajo la nada extraordinaria realidad de la arqueología. Y no es raro, porque ¿cómo podríamos calificar la vivencia de Schliemann obsesionado por encontrar la auténtica Troya y, para colmo, encontrándola?
La vida es un suceso prodigioso e improbable. Estamos aquí todos de regalo, empujados a existir por el empeño de millones de personas que habitan en nuestro pasado, que son nuestros antepasados. Sustentados por una prodigiosa construcción de realidad, de átomos, de planetas, de galaxias...de espacio.
Y así como estamos, lanzados, arrojados a vivir, nos topamos con maravillas sin cuento. Con alimento infinito para nuestra curiosidad. Tenían razón los filósofos griegos al pensar que el hombre tiene su vocación en el asombro, en la vida que contempla la realidad pasmada, fascinada por su belleza, por su interés. Una realidad inagotable que va desde ese agradable temblor interno que nos da mirar las piernas de Elle McPherson hasta el placer que proporciona comprender la coherencia interna de un teorema matemático.
Sin duda, debemos ser felices. Estamos obligados. Se lo debemos a los que tanto han dado para que tuviéramos la oportunidad de conmovernos con el primer concierto para piano de List, o la lectura de "Una pena en observación" de C.S. Lewis. Y estamos obligados a conseguir que esa oportunidad sea universal, que no se pierda, que no nos la arrebaten.
Pues bien, nada de todo esto, nada de todos estos disfrutes puede hacerse, se puede poseer, ni se puede defender o mantener sin enamorarse de la lectura. De toda la lectura. Sin abrirse a lo que otros han pensado y comprendido, a lo que otros han sentido, imaginado o creado. Los hombres desaparecen, mueren y se extinguen. Pasan. Pero su ser más real e íntimo, su pasión más encendida por el querer o por el saber, perdura para siempre en los libros. Su risa se nos contagia desde las páginas de Los papeles póstumos del Club Pickwick de Dickens, su seriedad desesperada en cualquier obra de Ibsen, su despiadado conocimiento de la miseria humana en las páginas de Truman Capote, la sagacidad de cualquier libro de Somerset Maugham....Y qué decir de los nuestros: Cortázar siempre, Uslar Pietri en Cuba, Onetti con su Juntacadaveres, el pesado de Sábato, Haroldo Conti convertido en álamo carolina, Cela cuando quiso, Muñoz Molina y su jinete polaco, Roa Bastos en Hijo de Hombre, Delibes el hereje, los clásicos gigantes subidos todos en Quevedo y Cervantes... qué se yo.
No siempre ponderamos bien cuánto depende nuestra libertad y la de nuestros semejantes de nuestro amor por la vida y del amor por nuestra pasión. Por eso, ¡leer, vivir, siempre!
sábado, 1 de diciembre de 2007
LIBROS DE PELÍCULA
He visto hace poco El Velo Pintado, y me ha gustado muchísimo. De hecho, tras mucha insistencia conyugal, me he decidido a hincarle el diente a Somerset Maugham, así que también me he leído El Filo de
Sin salir de Inglaterra, otro autor adaptado hasta la saciedad es el Bardo de Avon, y mi adaptación favorita es posiblemente, y aunque sir Lawrence Olivier se revuelva en su tumba, el Enrique V de Kenneth Branagh, de 1993. En parte por la propia obra, en parte porque Branagh estaba entusismado y entusiasmante haciendo del rey Harry, el caso es que me gusta más que otras obras del mismo director (Hamlet, Mucho ruido y pocas nueces, Trabajos de amor perdidos, En lo más crudo del crudo invierno) o de otros (el Hamlet de Mel Gibson, o El Mercader de Venecia y Looking for Richard de Al Pacino, por recordar el cine de los últimos quince años). Sin embargo, también es verdad que me gustan los toques originales, y en ese sentido disfruté mucho de la adaptación de Ricardo II de Pacino, con las apariciones de tantos actores expresando su opinión (a veces sonrojante) sobre Shakespeare, o del musical que hizo Branagh con Trabajos de amor perdidos, alternando los diálogos de Shakespeare con las canciones del cine los cuarenta y cincuenta, como Cheek to Cheek o There’s no business like show business.
Y seguimos en las islas británicas, saltando adelante y atrás en el tiempo, con otro autor que es posiblemente uno de los más llevados al cine, Graham Greene, y cuya relación con el séptimo arte fue muy estrecha, de lo que da buena muestra su guión original de una fantástica película que aún estamos esperando que alguien comente por aquí, El Tercer Hombre. Aunque las adaptaciones de sus libros nunca me han entusiasmado en exceso. La última versión de El Americano Impasible (Phillip Noyce, 2002), con Michael Caine y Brendan Fraser no estuvo mal.
En la misma línea de aportar algo al texto original, ahora tratando de mostrar el alma del teatro desde los bastidores, están la ya mencionada En lo más crudo del crudo invierno y Vania en la calle 42, de Louis Malle.
La literatura ha prestado muchas más historias al cine, y me acuerdo ahora de los rusos: Guerra y Paz (King Vidor, 1956) y Doctor Zhivago (David Lean, 1965) son simplificaciones de los originales literarios, pero extraordinarias películas.
Un director que se dedicó ¿casi? por entero a las adaptaciones literarias fue Kubrick, y aunque en general no lo soporto debo decir que me gustó mucho su versión de Lolita, con James Mason magnífico en el papel de Humbert Humbert. La película de Adrian Lyne de 1997 no aportó nada en absoluto, salvo para los incondicionales de Jeremy Irons, que una vez más se mueve como pez en el agua en el papel de insano pervertido.
Y cómo no hablar del cine español, en este post sí que tiene un hueco más que merecido. El bosque animado, El río que nos lleva, Los Gozos y las Sombras y
Me dejo infinitas en el tintero. Pero ya os he aburrido bastante. Así que vengan las preguntas para el debate. Esta vez son dos: ¿creéis que vale la pena hacer películas de los grandes libros? Y, en caso afirmativo, ¿es mejor ser fieles o creativos, ofrecer reflejos literales o puntos de vista personales? Vosotros diréis.
viernes, 30 de noviembre de 2007
Fernando Fernán Gómez
Era yo muy pequeño, un niño, cuando vi por primera vez a Fernán Gómez. Seguro que estaba correteando por el minúsculo apartamento de Moratalaz cuando apareció aquella cara por primera vez en mi vida. Sería en el televisor de 14" donde, casi diminuto, estaría representando a un marino español, o a un joven que se abría paso por la trastienda de la historia española.
En blanco y negro, ¿cómo podría saber yo que era pelirrojo? Eso se me escapaba, seguro, pero tampoco le daría importancia, porque a mí Fernán Gómez, no me parecía nada. Era yo un niño, ya digo.
Cuando fui creciendo, Fernán Gómez nunca fue un extraño. Estaba constantemente por los alrededores, de la tele, es cierto, pero estaba. Era como los puestos de pipas, los guantes en invierno, las galletas María... Estaba. Me tardé un tiempo en hacerle entrar de verdad en mis pensamientos y, por eso, tardé mucho en admirarle. Fue en el teatro, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid y, paradoja, él no aparecía en el escenario en ningún momento de la representación. Era Agustín González el que llevaba sobre su lomo "Las bicicletas son para el verano", pero Don Fernando, ausente, llenaba el escenario. Aquella obra me desveló a Fernán Gómez, a ese que me acompañará ya siempre.
Luego vinieron sus interpretaciones mil veces vistas, su voz inigualable, su aspecto cada vez más asilvestrado en la convicción de una vida vivida a las bravas. O así lo imagino yo.
Ahora, que ya ha pasado su momento, que Fernán Gómez no está aquí para regalarnos nada nuevo, cada vez que pienso en él le veo en su impresionante "El viaje a ninguna parte" gritando fuera de lugar: ¡Señoritoooooo! con la voz engolada. O en el casino de esa capital de provincias, dando lecciones de vida. Emboscado en su pelo enmarañado, con los ojos vivos fijos sobre la presa, con la voz rugiente y siendo, eternamente, el León de Albrit.
miércoles, 21 de noviembre de 2007
Y, SIN DUDA, ELLOS SE LO MERECEN.
miércoles, 14 de noviembre de 2007
UN LIBRO DIVERTIDO
LAS ESTRELLAS DE HOLLYWOOD POR PETER BOGDANOVICH. T&B Editores, 2006.
Ésta es, de algún modo, la segunda parte de un libro de Bogdanovich sobre los directores de Hollywood, y, sin embargo, la primera aún no está editada en España. T&B tiene comprados los derechos y espero que lo publique, aunque supongo que dependerá de la acogida que haya tenido éste. El título original del primero era “Who the devil made it”, y el de éste es “Who the hell’s in it”, y la verdad es que me gusta mucho más que el que le han puesto en español, tan insulso. Quién demonios la hizo y Quién diablos salía me parecen buenos títulos. Es evidente que a los editores no.
Creo que, para quien le guste la época dorada del cine, se trata de un libro que cautiva desde el primer momento. Jeanine Basinger lo describe en la crítica que publicó para The Washington Post: “Con un estilo sencillo y anecdótico, el autor dispone un escenario glamouroso, establece su autoridad en la materia, sugiere una perspectiva histórica, deja caer un nombre importante… y todavía no ha terminado la primera frase”. Es una crítica halagüeña, y uno puede pensar que exagerada. Pero es literal. Bueno, casi. En realidad sí que ha terminado la frase. Porque Bogdanovich comienza su introducción de la siguiente forma: “Hace unos treinta años, en Roma, Orson Welles y yo estábamos tomando una copa nocturna en su suite del Hotel Eden.” Prácticamente todo el libro es así. Y da un poquito de envidia. El autor cuenta anécdotas, conversaciones, impresiones, de su relación con algunos de los actores más importantes del Hollywood dorado, y también de algunos otros menos importantes. Bogdanovich habla de quien él quiere, de sus ídolos y de sus amigos. En algunos casos ambas características coinciden. Pero desde luego, a todos los conoció y los trató. Sólo se permite tres excepciones en su particular galería de retratos: Lillian Gish y Marilyn Monroe, con las que coincidió en alguna ocasión, pero a las que no llegó realmente a conocer, y Humprey Bogart, al que nunca vio en persona. El libro es en ocasiones divertido, en ocasiones tierno, en ocasiones revelador. El relato de su amistad con Cary Grant, por ejemplo, es delicioso de principio a fin, y además nos presenta de primera mano una versión del mito absolutamente reñida con la que nos vende últimamente la comunidad gay. Parece ser que Chevy Chase le había llamado marica en una entrevista para
Encantadoras también son sus semblanzas de James Stewart y de Henry Fonda, muy divertidas la de John Wayne y la de Marlene Dietritch, tiernas y cariñosas la de Audrey Hepburn y la de Sal Mineo, cuajadas de anécdotas personales las de Jerry Lewis, Dean Martin y Sinatra,…
El libro entero es, en fin, una delicia, y cuando Bogdanovich salpica sus narraciones con detalles como aquel en el que, parando en un hotel en Nueva York, se cruzó por casualidad en el vestíbulo con Henry Fonda y James Stewart, que salían a tomar una copa con sus mujeres, uno raya el suelo de envidia, porque en el cine de hoy ya no existe nadie con quien te puedas encontrar casualmente cuya presencia te produzca la décima parte del impacto y la emoción que te causarían ellos.
Así que, como ya empieza a ser costumbre, terminaré con una pregunta para el debate: ¿creéis que dentro de treinta años Harrison Ford, Meryl Streep, Robert de Niro, o Nicole Kidman, serán mitos con ese aura de maravilla que tienen las estrellas de los cuarenta y los cincuenta?
sábado, 3 de noviembre de 2007
ESAS AUSENCIAS









