viernes, 19 de octubre de 2007

ES DE BIEN NACIDOS SER AGRADECIDOS

Y creo que es de estricta justicia hacer una mención a nuestros amigos de los States, que siguen conectándose y entrando a vernos a través de Comcast Cable, a pesar de nuestra evidente falta de intervenciones (y de interés) en los últimos meses.

NIÑOS DE PELÍCULA

“Nunca ruedes con niños, ni con animales, ni con Charles Laughton”, decía el gran Alfred Hitchcock. Aunque él mismo repitió con sir Charles, en 1939 Jamaica Inn y en 1947 El Caso Paradine. Y salían niños al menos en El Hombre que sabía demasiado y en Los Pájaros, rodaje en el que el excéntrico director debió sufrir de lo lindo, porque, desde luego, también había animales. Este post quiere ser un homenaje a algunos de los niños que más nos han hecho disfrutar en el cine.

Pese a la opinión de Hitchcok, que posiblemente compartirá con otros directores, los productores deben saber que los niños son una buena baza en una película, al menos si te salen estupendos, como la Judy Garland de El Mago de Oz o el Freddie Bartholomew de Capitanes Intrépidos, como el Elliot de E.T., el Kevin de Solo en Casa o el Cole de El Sexto Sentido.

Una de las películas menos comerciales del más comercial de los directores del último cuarto del S. XX nos descubrió a un niño, casi un adolescente, que firmó con trece años el que ha sido el mejor de sus papeles hasta el momento. Christian Bale nos mostró una imagen intimista, a la vez tierna y dura, de la vida de los prisioneros durante la ocupación japonesa de Shangai, y muchos de los momentos por los que tuvo que pasar Jim durante los cinco años que duró su aventura permanecerán para siempre en mi memoria, desde el hambre de los primeros días, cuando intentaba sin éxito alguno rendirse a los soldados japoneses, hasta su impresión ante la explosión atómica de Hiroshima, cuando creyó contemplar el alma de la señora Victor subiendo al Cielo. Es curioso ver cómo introducir niños en una historia contribuye a mostrarnos de modo más crudo los horrores de la guerra, y al mismo tiempo consigue hacérnosla más humana, más soportable. Lo hemos visto también en “Enemigo a las puertas”, y, por supuesto, en “La vida es bella”, donde el pequeño Josué nos logra sorprender aún una última vez cuando le grita entusiasmado a su madre: “¡Hemos ganado, mamá. Era verdad. Hemos ganado el paseo en tanque!”

Para algunos de estos niños su intervención en una sola película ha supuesto el salto a la fama y el ingreso en la memoria colectiva de toda una generación, o de varias, aunque luego les hayamos perdido la pista o hayamos tenido que esperar a que se hicieran mayores para volver a encontrárnoslos. ¿Quién es capaz de mencionar más títulos del niño que hacía de Elliot, (se llama Henry Thomas, y sigue trabajando, pero quién lo sabe) o del hijo de Meryl Streep y Dustin Hoffman en Kramer contra Kramer? Otros, en cambio, han contribuido con su presencia a que muchas historias nos entusiasmen. Haley Joel Osment, además de en El Sexto Sentido, nos ha conquistado como el pequeño robot de Inteligencia Artificial, como el idealista de Cadena de Favores y, todavía antes de dejar atrás del todo la niñez, como el sobrino de Michael Caine y Robert Duvall en El Secreto de los McCaan.

Todavía hay una tercera clase de niños de película a los que vale la pena mencionar, los que no han pasado de ser secundarios pero sin cuya presencia las historias en las que participaron habrían perdido encanto o, directamente, no se habrían sostenido: desde la hermana pequeña de Tracy Samantha Lord en Historias de Filadelfia (No, mamá, el bulto es mío) hasta el hijo de Sam Baldwin en “Algo para recordar”, pasando por el deslenguado “nietastro” de Ethel y Norman Thayer de “En el estanque dorado”.

Me ronda, en cualquier caso, una duda por la mente. Es evidente que hay cine de chicas y cine de chicos, aunque esto no impida que a mí me encante “El Padrino” y a Michael O'Leary “Joe contra el Volcán”. Mi duda es si la presencia de niños tiende en general a “feminizar” una película. Tal vez sí, aunque creo que no siempre. Y un buen contraejemplo es la única película que se me ha ocurrido en la que se mezclan dos de los tres tabúes de Hitchcok: La noche del cazador.

Pues yo no se qué le ves

jueves, 18 de octubre de 2007

¡YA ME LLEGÓ LA INSPIRACIÓN!


Y no de mano de ella, aunque bien podría haber sido.


Pero, lamenteblemente no tengo tiempo para ponerme a escribir ahora acerca de mi idea. Esto es sólo un regalo dirigido a los amantes del arte de nuestro blog, así como a los amantes de Scarlett Johansonn del mundo entero, que, supongo, serán muchos.

He descubierto que la imagen venía junta. ¡Qué fastidio! Yo quería la de la derecha... Mala suerte.



jueves, 6 de septiembre de 2007

Ride the high country (Duelo en la alta sierra)

Esta tarde, mientras la familia dormitaba la siesta, he visto este enorme peliculón que tuve el privilegio de visionar en pantalla grande cuando era jovencito. Sam Peckinpah siempre fue un favorito de nuestros años adolescentes. Lo que nos atraía era la violencia de sus imágenes, aquellas impactantes escenas en cámara superlenta en las que todo volaba, incluída la sangre. Bien es cierto que Peckinpah nos pilló demasiado niños, igual que Harry el sucio, pero el mito se comentaba en el patio del colegio y yo me pasaba el recreo contándoles a los demás aquellas fascinantes películas que nunca había visto. Mi primer intento de ver una fue teniendo quizá doce años en los Kostkas de Santander. Ni qué decir tiene que nos largaron pero nos devolvieron el dinero de la entrada. Aquella tarde, aún lo recuerdo, vimos Piratas del Mar de China, con Clark Gable en un cine que estaba más arriba, casi colindando con la cuesta de la Atalaya y que se llama Tívoli o Rialto.
El largo tiempo que transcurrió hasta que un Peckinpah se nos puso a tiro, me había abierto mucho el apetito. No me sentí defraudado cuando ví Grupo Salvaje, pero ya era demasiado mayor para impresionarme por el montaje frenético o los vasos reventando lentamente. Afortundamente, eran historias en las que se conservaba el carácter épico del western, del buen western. Del western que cuenta historias de buenos y malos, en donde se enfrentan el bien y el mal. Curiosamente, y supongo que habría una buena razón para ello, Peckinpah casi siempre situó sus historias en una cierta línea de sombra, en esos momentos de la historia en la que un mundo asentado se desmorona para dar lugar a algo nuevo, con nuevos deseos, nuevas personas. Llaman a estos westerns crepusculares y no parece una mala definición.
Así ocurre en Duelo en la Alta Sierra, en la que dos viejos cowboys muy tristemente venidos a menos, en un mundo que ya no les pertenece, se ven embarcados en una última aventura. Uno ha decidido enderezar su vida en su último capítulo y el otro, arrumbado en una feria ambulante de exhibición de lo que fue el oeste, desea un golpe de suerte que le saque de la pobreza. Los dos grandes amigos, acompañados por un jovenzuelo que tiene todo que aprender, los dos, que han vivido mil aventuras, el honorable y el pillo, deben transportar una gran cantidad de oro por un terreno espinoso.
Joel McCrea está persuadido de que en la vida sólo merece la pena poder echar una mirada limpia sobre el propio pasado. Randolph Scott desea pasar por la inutilidad de la vida lo más cómodamente posible. No tarda mucho éste último en traicionar al primero e intentar robar el oro. McCrea lo impide y Scott le dice: el oro sólo le dolerá a los banqueros, a lo que McCrea repone: pero a mí me duele tu traición, porque tú eres mi amigo. Se que soy un anticuado y un imprudente, porque no sería raro que el futuro me trajera una situación en la que deba elegir por mantener yo también la limpieza de lo que miro en mí, pero se me hace difícil no sentir el dolor de ambos. Porque sin lealtad la amistad no es nada. Pero como gran película que es esta, pronto aparece la ocasión de redimir el pecado y la épica vuelve a la pantalla y nos faltan las palomitas y los amigos con los que comentar cada escena y el pañuelo con el que llorar el último fotograma, cuando los ojos se levantan hacia las montañas y se da por bien pagado el último aliento.
Por mucho crespúsculo, Peckinpah vuelve a lo de siempre, a lo que nunca cambia porque es verdad, porque sin ello la vida no es nada. Hace poco se lo leía al gran Rafael Gambra. La vida debe hacerse con dos verdades: sentido y maduración. Y de eso, nada más ni nada menos, trata esta hermosa película.

jueves, 16 de agosto de 2007

Alec Guiness y el Padre Brown

Mirad lo que hemos encontrado en un interesante blog, que os recomendamos también por muchas otras cosas. Espero que no le moleste que lo hayamos pirateado. GRACIAS, TEODORO.

La conversión de Alec Guiness contada por él mismo


Debido a la considerable insistencia del respetable he decidido sacudir mi pereza y no solamente buscar el libro de Alec Guiness que mencionaba en una entrada anterior (Blessings in Disguise) sino además transcribir y por el mismo precio traducir el pasaje donde el actor narra su particular "caida del caballo" o al menos una de ellas.

Pongo primero la versión inglesa y luego la española. Conste que como siempre me quejo de las malas traducciones de libros, he puesto un muy considerable esfuerzo en hacer una buena traducción. De modo que protestas....... al maestro armero.

En inglés:


My friendship with Cyril Tomkinson had reduced my anti-clericism considerably but not my anti-Romanism. Then carne the film of Father Brown, directed by my very good friend Robert Hamer (who had been responsible for Kind Hearts and Coronets) and on location in Burgundy I had a small experience the memory of which always gives me pleasure.-Even the fact that, having done insufficient work and taken instructions in the script for granted, I was inconrrectly dressed for a Catholic priest didn't seem to matter.

Night shooting had been arranged to take place in a little hill-top village a few miles from Macon. Scaffolding, the rigging of 1ights and the general air of bustle caused some excitement among the villagers and children gathered from all around. A room had been put at my disposal in the little station hotel three kilometres away. By the time dusk fell I was bored and, dressed in my priestly black climbed the gritty winding road to the village. In the square children were squealing, having mock battles with sticks for swords dustbin lids for shields; and in a café Peter Finch, Bernard Lee and Robert Hamer were sampling their first Pernod of the evening. I joined them for a modest Kir, then discovering I wouldn't be needed for at least four hours turned back towards the station. By now it was dark. I hadn't gone far when I heard scampering footsteps and a piping voice calling, 'Mon pere!'. My hand was seized by a boy seven or eight, who clutched it tightly, swung it and kept a non-stop prattle. He was full of excitement, hops, skips and jumps but never 1et go of me. I didn't dare speak in case my excruciating French should scare him. Although I was a total stranger he obviously took me for a priest and so to be trusted. Suddenly with a 'Bonsoir mon pere!' and a hurried sideways sort of bow, he disappeared through a hole in a hedge. He had had a happy, reassuring walk home, and I was left with an odd calm sense of elation. Continuing my walk I reflected that a Church which could inspire such confidence in a child, making its priests, even when unknown, so easily approacheable could not be as scheming and creepy as so often made out. I began to shake off my long-taught, long-absorbed prejudices.


Y ahora en español:

Mi amistad con Cyril Tomkinson había dulcificado mi anti-clericalismo pero no mi anti-Catolicismo. Fue entonces cuando rodamos la película sobre el Padre Brown, dirigida por mi buen amigo Robert Hamer (responsable de la película "Ocho Sentencias de Muerte") y en los exteriores de Borgoña tuve una pequeña experiencia de cuyo recuerdo siempre he disfrutado. Incluido que, habiéndolo trabajado poco y tomando por descontadas las instrucciones del guión, no parecía importar el hecho de estar incorrectamente vestido como para parecer un cura católico.

Habíamos sido citados para una sesión nocturna de grabación en un pueblecito situado encima de un cerro a algunos kilómetros de Macon. Los trabajos de andamiaje e iluminación, y el ambiente de bullicio general causaron bastante alboroto entre los habitantes del pueblo, reuniendose niños de todos los alrededores. Tenía a mi disposición una habitación en un hotelito de paso que se hallaba a tres kilómetros de distancia.

Hacia el anochecer me encontraba aburrido y por tanto, vestido con mi negra sotana, subí por el serpenteante y polvoriento camino hacia el pueblecito. En la plaza los niños chillaban en medio de infantiles batallas con palos por espadas y tapas de cubo de basura por escudos. En un café Peter Finch, Bernard Lee y Robert Hamer disfrutaban del primer Pernod de la velada. Me uní a ellos con un modesto Kir [cocktail a base de cassis y vino blanco]. Entendiendo que no se me necesitaría hasta pasadas por lo menos cuatro horas me volví a mi hotel. Para entonces ya era de noche. No había caminado mucho cuando escuché unos pasos apresurados y una voz aguda que me llamada "Mon pere!" [¡Padre! o ¡Señor cura!]. Un chico de siete u ocho años me tomó de la mano y la apretó fuertemente, balanceándola mientras mantenía un parloteo incesante. Estaba totalmente alborotado, saltando y brincando, pero nunca dejaba de agarrar mi mano. No me atreví a hablar por miedo a que mi horroroso francés le pudiera asustar. Aunque era un absoluto desconocido el chico obviamente me tomó por un cura y consecuentemente por alguien de quien se debía fiar. De repente con un "Bonsoir mon pere!" ["Buenas noches padre" o "Buenas noches señor cura"] y una deslabazada reverencia, despareció por un agujero de un seto. El chico había disfrutado de un alegre y tranquilizador paseo a casa, y a mi me dejó con un extraño y sosegado sentimiento de euforia. Mientras seguía caminando se me antojaba que una Iglesia que podía inspirar tal confianza en un niño, haciendo de sus sacerdotes, incluso cuando eran unos desconocidos, tan sencillamente accesibles no podía ser una institución tan intrigante y aterradora como solía ser descrita. Empecé a sacudirme de encima mi tan largamente aprendidos y absorvidos prejucios.

Por cortesía de http://embajadorenelinfierno.blogspot.com

viernes, 3 de agosto de 2007

LA DAN POR LA TELE.
Pues eso. Y como a Oscar le gusta, pues me he acordao. No estoy inspirado. Esto es sólo para mantener un hálito vital en mitad del estío. (¿o era hastío? ¿o tal vez hestío; astío; su tío?) Esto de la gramática siempre se me dio fatal).