jueves, 2 de octubre de 2008

Y AHORA, TAMBIÉN NOS DEJA PAUL


Últimamente sólo escribo obituarios, lo cual no es muy alentador. Pero se ha ido Paul Newman, y es obvio que merece un homenaje. Llevábamos esperando la noticia desde que, en agosto, hizo público que quería dejar el hospital y morirse en su casa. Y sin embargo nos pilló por sorpresa, como siempre pasa con la muerte. Paul Newman era uno de los grandes, y su marcha nos recuerda el hecho de que ya no nos quedan grandes como él. Alguna vez he manifestado mi opinión al respecto, no creo que sea sólo cuestión de tiempo, ni sólo cuestión de glamour, y esto tiene un poco que ver con el último post de Oscar: cuando los actores habían encarnado en mil historias la honestidad, el valor, la lealtad, cuando los habíamos visto cien veces ser héroes, cuando queríamos ser como ellos, adquirían a nuestros ojos un halo que los convertía de verdad en estrellas, y eso se ha perdido en gran medida en el cine contemporáneo.

Paul Newman es un poco un actor de transición en ese sentido, es de esa generación ¿maldita? de Marlon Brando, Montgomery Clift y James Dean, un “actor del Método”, y nos ha dejado un sinfín de personajes algo ambiguos, decentes pero canallas, canallas pero decentes. Aunque nunca fui una fan acérrima del actor, no hay que haberlo sido para tener en mente una buena colección de películas inolvidables, o de escenas inolvidables. Empezando con La Gata sobre el Tejado de Zinc, en la que disputaba planos con una Elizabeth Taylor que nunca estuvo más guapa, y continuando con El Premio, aquella historia sobre espionaje y nóbeles que siempre asocio con Cortina Rasgada, supongo que es evidente el porqué, o La Leyenda del Indomable con los cincuenta huevos duros, imposible olvidarlos, y Éxodo (una escena que tengo grabada en la memoria desde niña es aquella en la que un nazi le decía “A mí no se me escapa un judío, llego hasta a olerlos”, y él se le acercaba un poco y fingiéndose impresionado le preguntaba “¿De veras?”). También El Buscavidas y su secuela, El Color del Dinero, por la que, por fin, le dieron un oscar que hacía tiempo que merecía, que se le había escapado siete veces con anterioridad, y que aún volvería a mostrársele esquivo en dos ocasiones más,…Y, por supuesto, las dos películas que rodó con Robert Redford y que les consagraron como una de las parejas míticas de la historia del cine: Dos Hombres y un Destino y El Golpe: qué peliculones. Hasta la música se nos ha quedado en la memoria para siempre.


Paul Newman se fue haciendo mayor ante nuestros ojos, y parecía hacerlo como el buen vino, su físico de estatua griega soportó bien el paso del tiempo, envejecía, sí, y no lo ocultaba, no trataba de disimularlo, pero la naturaleza se mostraba extraordinariamente generosa con él, y aún rozando la setentena se mantenía en las listas de los hombres más atractivos que esas publicaciones americanas son tan dadas a elaborar. El hombre que nunca quiso ser un galán, que ya en su segunda película se dejaba partir la nariz como alter ego de Rocky Graziano, que encontraba humillante que alabaran más sus ojos que su trabajo, no pudo evitar sin embargo que la mayoría de los titulares del pasado 27 de septiembre se lamentaran de que se hubiera apagado para siempre la mirada de Paul Newman. A los cincuenta, año más, año menos, lo vimos en El Coloso en Llamas y en La Última Locura de Mel Brooks, y aunque por esos años debió hacer muchos trabajos menores en películas que no recordamos, volvió a brillar en Veredicto Final, de Lumet (por cierto, guión de David Mamet), y, cuatro años después, en 1986, se puso a las órdenes de Scorsese para comerse con patatas a Tom Cruise en la ya mencionada El Color del Dinero.

Mientras tanto también se colocó detrás de la cámara, para realizar seis largometrajes entre 1968 y 1987, cinco de los cuales protagonizó la que fue su segunda mujer y el amor de su vida, Joanne Woodward, con la que ha compartido sus últimos cincuenta años, uno de esos casos tan raros en el Hollywood de los amores fáciles y los divorcios rápidos, y que nos recuerda a los dos últimos actores de los que he hablado en este blog, Jimmy Stewart y Chuck Heston, aunque a Newman le costó un primer intento fallido (y no baladí, estuvo ocho años legalmente casado con Jackie Newman y tuvo tres hijos con ella).

Un año antes del ya mencionado oscar, que recibió en el 87, había sido galardonado con uno honorífico por toda su carrera, y en 1994 le concedieron su tercera estatuilla, el Jean Hersholt Humanitarian Award. Su labor en este campo fue muy extensa, y la fundación que creó y dirigía, Hole in the Wall, que organiza campamentos para niños con enfermedades terminales, ha acogido ya a miles de niños. A las arcas de Hole in the Wall van a parar los beneficios de su famosa salsa cesar para ensaladas Newman’s Own, de la que él afirmaba que le había proporcionado más beneficios que su carrera cinematográfica.

Dirigido por Robert Benton trabajó en Al Caer el Sol y Ni un Pelo de Tonto, en papeles ya claramente crepusculares, pero sobre todo recordaremos sus últimos años por su magnífica interpretación de John Rooney, el magnate del crimen de Camino a Perdición que, anteponiendo los lazos de la sangre a los del afecto, encarga a Jude Law el asesinato de Tom Hanks. Pero su último trabajo para el celuloide fue prestarle la voz a un personaje que reunía con su amor al cine su pasión por los coches de carreras: fue el carismático Doc Hudson, el ganador de tres copas Pistón que daba lecciones de conducción y de hombría a Rayo McQueen en Cars. Sus lecciones han quedado ya para siempre en nuestra retina, en nuestra memoria, y en ese firmamento iluminado por las estrellas de la gran pantalla. Quiera Dios que habite también el otro Cielo, ese lugar en el que el Bien y la Belleza triunfan eternamente.